Violeta Parra nació en San Carlos, en la Región de Chillán, al sur de Chile. Su padre era profesor de música, su madre una campesina guitarrera y cantora. Fueron nueve hermanos que vivieron su infancia en el campo.
A los nueve años se inició en la guitarra y el canto; a los doce compuso sus primeras canciones. Tiene una formación de profesora en la Escuela Normal de Santiago. En esa época ya compone boleros, corridos, y tonadas. Trabaja en circos, bares, quintas de recreo, y pequeñas salas de barrio.
En 1952 se casa con Luis Cereceda. De este matrimonio nacen Isabel y Angel, con los cuales más tarde realizará gran parte de su trabajo musical.
A partir de 1952, Violeta, impulsada por su hermano Nicanor Parra, empieza a recorrer zonas rurales grabando y recopilando música folklórico. Esta investigación la hace descubrir la poesía y el canto popular de los más variados rincones de Chile. Elabora así una síntesis cultural chilena y hace emerger una tradición de inmensa riqueza hasta ese momento escondida. Es aquí donde empieza su lucha contra las visiones estereotipadas de América Latina y se transforma en recuperadora y creadora de la auténtica cultura popular.
Compone canciones, décimas, música instrumental. Es pintora, escultora, bordadora, ceramista, con "lo que hay" , pasando a la medida de su humor de una técnica o género creativo otro.
En 1954 Violeta Parra viaja invitada a Polonia, recorre la Unión Soviética y Europa permaneciendo dos años en Francia. Graba aquí sus primeros LP con cantos folklóricos y originales. Tiene contactos con artistas e intelectuales europeos, regresando a Chile para continuar su labor creadora. En 1958 incursiona en la cerámica y comienza a bordar arpilleras. Viaja al norte invitada por la universidad donde organiza recitales, cursos de folklore, escribe y pinta. De regreso a Santiago Violeta expone sus sus óleos en la Feria de Artes Plásticas al aire libre. Durante los arlos siguientes Violeta continúa en su trayectoria, incansable.
En 1961 Violeta inicia una gira con sus hijos invitada al Festival de la Juventudes en Finlandia. viajan por la URSS, Alemania, Italia y Francia donde permanecen en Paris por tres años. Actúan en boítes del barrio latino y programas para radio y televisión. ofrecen recitales en UNESCO, Teatro de las Naciones Unidas. Realizando una serie de conciertos en Ginebra y exposiciones de su obra plástica. En 1964 expone las arpilleras, óleos, en el Pavillon de Marsan, logrando así ser la primera artista latinoamericana que exhibe individualmente.
En 1965 viaja a Suiza donde filma un documental que la muestra en toda su magnitud. Retorna a Chile y canta con sus hijos en la Peña de Los Parras, en la calle Carmen 340 en Santiago, Inaugura el Centro de Arte en una carpa; graba discos de música instrumental. Viaja a Bolivia en 1966, ofrece conciertos en regiones del sur de Chile, continúa grabando acompañada de sus hijos. Regresa a Santiago para continuar su trabajo en La Carpa, escribiendo allí sus últimas canciones...
Referente a la obra plástica de Violeta:
Está principalmente formada por Arpilleras y Oleos realizados sobre tela, madera, y cartón. Los temas son cotidianos: familia, recuerdos de infancia, pasajes de la historia. Fueron creadas por Violeta entre los años 1954 y 1965 en Santiago, Buenos Aires, Paris, y Ginebra y han sido expuestas en varios museos del mundo.
Hoy día todas ellas son patrimonio de La Fundación Violeta Parra, creada por sus herederos para rescatar, preservar, y de esta artista universal.
lunes, 23 de mayo de 2011
domingo, 22 de mayo de 2011
La catedral de Santiago de chile!!!
Arquitectura
Iglesia Catedral de Santiago, Chile, con su iluminación nocturna.
En primer plano la Parroquia del Sagrario y contiguo al lado izquierdo el Palacio Arzobispal de Santiago.
El templo principal está compuesto por una nave central, una izquierda y una derecha. En la nave central destacaba en su fondo hasta 2006 el altar mayor, construido en Múnich en 1912 y un frontón de plata de 3 m de largo. Este altar fue remodelado y modificado entre 2005 y 2006 en una obra que supuso la renovación del altar y la refacción total de la cripta arzobispal. Se reemplazó el antiguo altar por uno de granito y se realizaron mejoras estructurales. Preceden el altar los magníficos asientos de madera tallada, donde se ubican los sacerdotes que componen el Cabildo Metropolitano. Bajo esta explanada está la cripta arzobispal, donde comúnmente se sepultan a los Arzobispos de Santiago, y las criptas civiles de don Diego Portales y José Tomás Ovalle. En esta nave destacan también los púlpitos de madera tallada del siglo XIX y el órgano fabricado en los talleres de Calera de Tango hacia 1756.
En la nave derecha, sobresalen los sepulcros de grandes personalidades de la Historia de Chile. Cercano a la puerta principal está el sepulcro donde se conservan los corazones de los jóvenes héroes de la Combate de La Concepción como Ignacio Carrera Pinto. Además descansan los restos de sus hermanos. La nave izquierda se caracteriza por una sucesión de pequeños altares, como del Patrono de la Ciudad, el Apóstol Santiago, de San Miguel Arcángel, con su bella estatua y el Monumento Sepulcral del Arzobispo Rafael Valentín Valdivieso. Por una puerta cercana a la entrada principal se accede a la hermosa Parroquia del Sagrario, donde se encuentra la imagen de la Virgen del Carmen.
Bajo el del Templo Catedral existe una cripta que guarda los restos mortales de los Obispos y Arzobispos que ha tenido la Iglesia de Santiago. Además de los Obispos y Arzobispos diocesanos descansan otros prelados y nuncios apostólicos como el Nuncio Laghi. Antes la cripta era un lugar oscuro y maltrecho pero, por iniciativa del Cardenal Carlos Oviedo Cavada se elaboró un proyecto para construir una nueva bajo el altar mayor que sea digna de conservar los restos de los pastores. Durante los trabajos de remodelación del Altar Mayor en 2005-2006 se construyó la nueva cripta y una pequeña capilla. La segunda etapa de la restauración de la Catedral Metropolitana de Santiago, será restaurar su fachada y el sector donde se ubica el público durante las diferentes Celebraciones Litúrgicas a efectuarse durante el año. Un Convenio con la Pontificia Universidad Católica de Chile, firmado con el Arzobispado de Santiago, logrará que en el año 2010, este Monumento Nacional quede completamente restaurado para la Oración Ecuménica por Chile y su Nuevo Gobierno del 12 de marzo del 2010 y el Tedeum del Bicentenario a efectuarse el 18 de septiembre del 2010, respectivamente. Sin embargo, el Terremoto del 27 de febrero de 2010, la Catedral Metropolitana quedó con leves daños y la Oración Ecuménica por Chile y su Nuevo Gobierno debió celebrarse en la Plaza de Armas de Santiago. Meses después, el Ministro de Obras Públicas, Hernán de Solminhiac, anunció que debería restaurarse tanto en interior como en exteriores el Templo.
[editar]Conjunto arquitectónico
Componen el conjunto arquitectónico de la Catedral Metropolitana de Santiago, además del Templo Catedral, El Palacio Arzobispal que se encuentra contiguo a la calle Compañía y la Parroquia del Sagrario, templo que se encuentra entre el Palacio y el Templo Mayor. El conjunto en su totalidad ha sido declarado Monumento Nacional.
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Iglesia Catedral de Santiago, Chile, con su iluminación nocturna.
En primer plano la Parroquia del Sagrario y contiguo al lado izquierdo el Palacio Arzobispal de Santiago.
El templo principal está compuesto por una nave central, una izquierda y una derecha. En la nave central destacaba en su fondo hasta 2006 el altar mayor, construido en Múnich en 1912 y un frontón de plata de 3 m de largo. Este altar fue remodelado y modificado entre 2005 y 2006 en una obra que supuso la renovación del altar y la refacción total de la cripta arzobispal. Se reemplazó el antiguo altar por uno de granito y se realizaron mejoras estructurales. Preceden el altar los magníficos asientos de madera tallada, donde se ubican los sacerdotes que componen el Cabildo Metropolitano. Bajo esta explanada está la cripta arzobispal, donde comúnmente se sepultan a los Arzobispos de Santiago, y las criptas civiles de don Diego Portales y José Tomás Ovalle. En esta nave destacan también los púlpitos de madera tallada del siglo XIX y el órgano fabricado en los talleres de Calera de Tango hacia 1756.
En la nave derecha, sobresalen los sepulcros de grandes personalidades de la Historia de Chile. Cercano a la puerta principal está el sepulcro donde se conservan los corazones de los jóvenes héroes de la Combate de La Concepción como Ignacio Carrera Pinto. Además descansan los restos de sus hermanos. La nave izquierda se caracteriza por una sucesión de pequeños altares, como del Patrono de la Ciudad, el Apóstol Santiago, de San Miguel Arcángel, con su bella estatua y el Monumento Sepulcral del Arzobispo Rafael Valentín Valdivieso. Por una puerta cercana a la entrada principal se accede a la hermosa Parroquia del Sagrario, donde se encuentra la imagen de la Virgen del Carmen.
Bajo el del Templo Catedral existe una cripta que guarda los restos mortales de los Obispos y Arzobispos que ha tenido la Iglesia de Santiago. Además de los Obispos y Arzobispos diocesanos descansan otros prelados y nuncios apostólicos como el Nuncio Laghi. Antes la cripta era un lugar oscuro y maltrecho pero, por iniciativa del Cardenal Carlos Oviedo Cavada se elaboró un proyecto para construir una nueva bajo el altar mayor que sea digna de conservar los restos de los pastores. Durante los trabajos de remodelación del Altar Mayor en 2005-2006 se construyó la nueva cripta y una pequeña capilla. La segunda etapa de la restauración de la Catedral Metropolitana de Santiago, será restaurar su fachada y el sector donde se ubica el público durante las diferentes Celebraciones Litúrgicas a efectuarse durante el año. Un Convenio con la Pontificia Universidad Católica de Chile, firmado con el Arzobispado de Santiago, logrará que en el año 2010, este Monumento Nacional quede completamente restaurado para la Oración Ecuménica por Chile y su Nuevo Gobierno del 12 de marzo del 2010 y el Tedeum del Bicentenario a efectuarse el 18 de septiembre del 2010, respectivamente. Sin embargo, el Terremoto del 27 de febrero de 2010, la Catedral Metropolitana quedó con leves daños y la Oración Ecuménica por Chile y su Nuevo Gobierno debió celebrarse en la Plaza de Armas de Santiago. Meses después, el Ministro de Obras Públicas, Hernán de Solminhiac, anunció que debería restaurarse tanto en interior como en exteriores el Templo.
[editar]Conjunto arquitectónico
Componen el conjunto arquitectónico de la Catedral Metropolitana de Santiago, además del Templo Catedral, El Palacio Arzobispal que se encuentra contiguo a la calle Compañía y la Parroquia del Sagrario, templo que se encuentra entre el Palacio y el Templo Mayor. El conjunto en su totalidad ha sido declarado Monumento Nacional.
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sábado, 21 de mayo de 2011
Durante los dos últimos años de su vida, el escritor uruguayo Mario Benedetti corrigió, reescribió y ordenó sesenta y dos poemas. Es su «Biografía para encontrarme» (Alfaguara), donde conjura el poder de un mar sobrecogedor, evoca la tímida luz de la madrugada o dibuja el mapa de la melancolía universal. Soledad, nostalgia, muerte, amor, belleza, desarraigo, esencial Benedetti. Como esculpió el maestro, vivimos en «un mundo que es una colección de erratas».
Mario Benedetti creó sus primeros poemas en alemán. A los once años hizo una novela de tomo y lomo y capa y espada al más puro estilo Dumas. Fue taquígrafo, cajero, contable, funcionario público y periodista no por estricto orden pasional sino por exigencias del guión de la superviviencia.
Harto de la hartura
Mario Benedetti no pretendía que nadie le encuardenara, quería pensar en «rústica, con las pupilas verdes de la memoria franca en el breviario de la noche en vilo». Su abecedario de los sentimientos sabía posarse entre sus queridos nombres, él se sentía cómodo entre las hojas de sus libros «con adverbios que son revelaciones / sílabas que me piden un socorro / adjetivos que parecen juguetes». Quería quedarse en medio de sus libros porque en ellos aprendió a dar sus primeros pasos. Quería vibrar Benedetti con Roque Dalton con Vallejo y Quiroga «ser una de sus páginas / la más inolvidable y desde allí juzgar al pobre mundo».
En los últimos momentos de su vida, Mario Benedetti denunciaba que parecía como si se tuviera ahora vergüenza de sentir: «Yo trato de que la gente sienta, como siento yo frente a determinadas circunstancias que da o quita la vida. En mis cuentos hay como un aprendizaje del sentir», señalaba. A veces estaba harto de su hartura, tal vez porque no podía emanciparse de todos los olvidos que regresan cada uno con su melancolía: «La esperanza desnuda es un engaño, hay que vestirla con presentimientos / con el dolor tranquilo de los hombres / y cierta desazón de las muchachas».
El fútbol (él era hincha de la selección «celeste» uruguaya, la del «Maracanazo» -derrotó a Brasil en la Final de la Copa del Mundo en Río de Janeiro, año 1950-) lo acariciaba como «una forma de cultura». Pero el fútbol le apetecía como «juego».
La droga del amor
Nostalgia del amor destila su «Biografía para encontrarme»; un amor que, para Mario Benedetti, es la cumbre de las relaciones humanas y volcán de los otoños. La poesía era su género preferido, pero el cuento es más difícil y riguroso. «La droga del amor tiene sobre las otras la ventaja de que con ella es mágico enviciarse además en su rumbo todo a todo se acerca los ojos a los ojos las manos a las manos el tiempo de vivir a la supuesta vida una hoguera se enciende sin pasarnos aviso». Sostenía Benedetti que en los primeros besos no se piensa «como serán allá los besos últimos / los sentimientos lo dominan todo / o nos hacen creer que lo dominan». Mantenía que la droga del amor se evade y vuelve «y una vez que nos cerca es más difícil quedarnos sin la droga del amor si ésta concurre con el desconsuelo vale la pena armarnos de bastiones porque con la tristeza no se juega».
A su juicio, la ironía era una de las pocas buenas herencias que nos dejaron los ingleses: «El humor rioplatense procedía un poco del británico. Es más recóndito, más escondido, más suave, pero no tan brutal. Ahora está cambiando porque cambia ese humor de los ingleses». El siglo que vivimos peligrosamente no nos deja una lección de esperanza o paz, sospechaba: «Estamos encharcados en no sé cuántas guerras y conflictos. Yo creo que se han descubierto cosas importantes, pero más hansido las nocivas».
Después de desfilar por el mundo, sus pies se reconciliaron con su Montevideo del alma: «Mi ciudad me ha sitio me acoge en los zaguanes y nos reconocemos este aroma proviene de las moradas quietas de las veredas lisas y de los adoquines». Él transitaba por las calles «con el pulso jocundo y el fiel de la memoria que es todo remembranza». La desdicha, escribe, se vuelve un estilo de vida «si uno se aferra a ella mirándose las manos mientras el tiempo sigue sigue sigue». Alegría y tristeza se asomaban y se miraban «conscientes de que son en la mansa leyenda dos de las viejas maquinarias del mundo». La felicidad pasaba como un sueño «con su poco de colmo y disparate es cuando la desdicha finalmente se arruga pero no se hagan falsas ilusiones».
Una vez estuvo de luto una semana. Se le murió una idea en el papel. Buscó una que la sustituyera, pero nadie respondía/eran de otros: «Mi pobrecita idea / la finada iba armando una historia de mí mismo ahora ha quedado en blanco / casi en gris». «Transito en el olvido / sin perdones y el olvido también está de luto».
La valentía no era, para él, un «ganapán de los intrépidos»; también podría «esgrimirla un perengano». Y la muerte: «El problema es la importancia o no que se le puede dar. No me resigno a aceptar la muerte de la Humanidad, pero creo que la Humanidad camina hacia el suicidio desde el momento que una sola potencia domina todo el mundo. Y desde el momento en que se frena la voluntad de cambio de los jóvenes».
Proponía Benedetti que no se tuviera vergüenza de la muerte ya que ella no la tiene de nosotros, y así «los que se fueron volverán / pétalo a pétalo digamos que en un ramo de cautelas».
Y tras la muerte, Solo en el universo: «Quiero encerrarme en mi insignificancia / en la cueva de mi único ser / yo minúsculo el breve / solo en el universo / rodeado del todo o de la nada / sin saberme si soy o como soy / ese todo virtual que me rodea / no es de nadie ni nadie lo reclama / soy un presagio tan pequeño / que yo mismo me asusto me doy miedo / soy un caminante de pies cansados / y sin embargo sigo caminando / voy recogiendo el sabor del paisaje / que siempre es novedad y lo disfruto / vivo en la cárcel de mi ruta...».
Mario Benedetti creó sus primeros poemas en alemán. A los once años hizo una novela de tomo y lomo y capa y espada al más puro estilo Dumas. Fue taquígrafo, cajero, contable, funcionario público y periodista no por estricto orden pasional sino por exigencias del guión de la superviviencia.
Harto de la hartura
Mario Benedetti no pretendía que nadie le encuardenara, quería pensar en «rústica, con las pupilas verdes de la memoria franca en el breviario de la noche en vilo». Su abecedario de los sentimientos sabía posarse entre sus queridos nombres, él se sentía cómodo entre las hojas de sus libros «con adverbios que son revelaciones / sílabas que me piden un socorro / adjetivos que parecen juguetes». Quería quedarse en medio de sus libros porque en ellos aprendió a dar sus primeros pasos. Quería vibrar Benedetti con Roque Dalton con Vallejo y Quiroga «ser una de sus páginas / la más inolvidable y desde allí juzgar al pobre mundo».
En los últimos momentos de su vida, Mario Benedetti denunciaba que parecía como si se tuviera ahora vergüenza de sentir: «Yo trato de que la gente sienta, como siento yo frente a determinadas circunstancias que da o quita la vida. En mis cuentos hay como un aprendizaje del sentir», señalaba. A veces estaba harto de su hartura, tal vez porque no podía emanciparse de todos los olvidos que regresan cada uno con su melancolía: «La esperanza desnuda es un engaño, hay que vestirla con presentimientos / con el dolor tranquilo de los hombres / y cierta desazón de las muchachas».
El fútbol (él era hincha de la selección «celeste» uruguaya, la del «Maracanazo» -derrotó a Brasil en la Final de la Copa del Mundo en Río de Janeiro, año 1950-) lo acariciaba como «una forma de cultura». Pero el fútbol le apetecía como «juego».
La droga del amor
Nostalgia del amor destila su «Biografía para encontrarme»; un amor que, para Mario Benedetti, es la cumbre de las relaciones humanas y volcán de los otoños. La poesía era su género preferido, pero el cuento es más difícil y riguroso. «La droga del amor tiene sobre las otras la ventaja de que con ella es mágico enviciarse además en su rumbo todo a todo se acerca los ojos a los ojos las manos a las manos el tiempo de vivir a la supuesta vida una hoguera se enciende sin pasarnos aviso». Sostenía Benedetti que en los primeros besos no se piensa «como serán allá los besos últimos / los sentimientos lo dominan todo / o nos hacen creer que lo dominan». Mantenía que la droga del amor se evade y vuelve «y una vez que nos cerca es más difícil quedarnos sin la droga del amor si ésta concurre con el desconsuelo vale la pena armarnos de bastiones porque con la tristeza no se juega».
A su juicio, la ironía era una de las pocas buenas herencias que nos dejaron los ingleses: «El humor rioplatense procedía un poco del británico. Es más recóndito, más escondido, más suave, pero no tan brutal. Ahora está cambiando porque cambia ese humor de los ingleses». El siglo que vivimos peligrosamente no nos deja una lección de esperanza o paz, sospechaba: «Estamos encharcados en no sé cuántas guerras y conflictos. Yo creo que se han descubierto cosas importantes, pero más hansido las nocivas».
Después de desfilar por el mundo, sus pies se reconciliaron con su Montevideo del alma: «Mi ciudad me ha sitio me acoge en los zaguanes y nos reconocemos este aroma proviene de las moradas quietas de las veredas lisas y de los adoquines». Él transitaba por las calles «con el pulso jocundo y el fiel de la memoria que es todo remembranza». La desdicha, escribe, se vuelve un estilo de vida «si uno se aferra a ella mirándose las manos mientras el tiempo sigue sigue sigue». Alegría y tristeza se asomaban y se miraban «conscientes de que son en la mansa leyenda dos de las viejas maquinarias del mundo». La felicidad pasaba como un sueño «con su poco de colmo y disparate es cuando la desdicha finalmente se arruga pero no se hagan falsas ilusiones».
Una vez estuvo de luto una semana. Se le murió una idea en el papel. Buscó una que la sustituyera, pero nadie respondía/eran de otros: «Mi pobrecita idea / la finada iba armando una historia de mí mismo ahora ha quedado en blanco / casi en gris». «Transito en el olvido / sin perdones y el olvido también está de luto».
La valentía no era, para él, un «ganapán de los intrépidos»; también podría «esgrimirla un perengano». Y la muerte: «El problema es la importancia o no que se le puede dar. No me resigno a aceptar la muerte de la Humanidad, pero creo que la Humanidad camina hacia el suicidio desde el momento que una sola potencia domina todo el mundo. Y desde el momento en que se frena la voluntad de cambio de los jóvenes».
Proponía Benedetti que no se tuviera vergüenza de la muerte ya que ella no la tiene de nosotros, y así «los que se fueron volverán / pétalo a pétalo digamos que en un ramo de cautelas».
Y tras la muerte, Solo en el universo: «Quiero encerrarme en mi insignificancia / en la cueva de mi único ser / yo minúsculo el breve / solo en el universo / rodeado del todo o de la nada / sin saberme si soy o como soy / ese todo virtual que me rodea / no es de nadie ni nadie lo reclama / soy un presagio tan pequeño / que yo mismo me asusto me doy miedo / soy un caminante de pies cansados / y sin embargo sigo caminando / voy recogiendo el sabor del paisaje / que siempre es novedad y lo disfruto / vivo en la cárcel de mi ruta...».
Confieso que He Vivido de Pablo Neruda
EL BOSQUE CHILENO ...Bajo los volcanes, junto a los ventisqueros, entre los grandes lagos, el fragante, el silencioso, el enmarañado bosque chileno... Se hunden los pies en el follaje muerto, crepitó una rama quebradiza, los gigantescos raulíes levantan su encrespada estatura, un pájaro de la selva fría cruza, aletea, se detiene entre los sombríos ramajes. Y luego desde su escondite suena como un oboe... Me entra por las narices hasta el alma el aroma salvaje del laurel, el aroma oscuro del boldo... El ciprés de las gutecas intercepta mi paso... Es un mundo vertical: una nación de pájaros, una muchedumbre de hojas... Tropiezo en una piedra, escarbo la cavidad descubierta, una inmensa araña de cabellera roja me mira con ojos fijos, inmóvil, grande como un cangrejo... Un cárabo dorado me lanza su emanación mefítica, mientras desaparece como un relámpago su radiante arcoiris... Al pasar cruzo un bosque de heléchos mucho más alto que mi persona: se me dejan caer en la cara sesenta lágrimas desde sus verdes ojos fríos, y detrás de mí quedan por mucho tiempo temblando sus abanicos... Un tronco podrido: ¡qué tesoro!... Hongos negros y azules le han dado orejas, rojas plantas parásitas lo han colmado de rubíes, otras plantas perezosas le han prestado sus barbas y brota, veloz, una culebra desde sus entrañas podridas, como una emanación, como que al tronco muerto se le escapara el alma... Más lejos cada árbol se separó de sus semejantes... Se yerguen sobre la alfombra de la selva secreta, y cada uno de los follajes, lineal, encrespado, ramoso, lanceolado, tiene un estilo diferente, como cortado por una tijera de movimientos infinitos... Una barranca; abajo el agua transparente se desliza sobre el granito y el jaspe... Vuela una mariposa pura como un limón, ganando entre el agua y la luz... A mi lado me saludan con sus cabecitas amarillas las infinitas calceolarias... En la altura, como gotas arteriales de la selva mágica se cimbran los copihues rojos (Lapageria Rosea)... El copihue rojo es la flor de la sangre, el copihue blanco es la flor de la nieve... En un temblor de hojas atravesó el silencio la velocidad de un zorro, pero el silencio es la ley de estos follajes... Apenas el grito lejano de un animal confuso... La intersección penetrante de un pájaro escondido... El universo vegetal susurra apenas hasta que una tempestad ponga en acción toda la música terrestre. Quien no conoce el bosque chileno, no conoce este planeta.
De aquellas tierras, de aquel barro, de aquel silencio, he salido yo a andar, a cantar por el mundo.
INFANCIA Y POESÍA
Comenzaré por decir, sobre los días y años de mi infancia, que mi único personaje inolvidable fue la lluvia. La gran lluvia austral que cae como una catarata del Polo, desde los cielos del Cabo de Hornos hasta la frontera. En esta frontera, o Far West de mi patria, nací a la vida, a la tierra, a la poesía y a la lluvia. Por mucho que he caminado me parece que se ha perdido ese arte de llover que se ejercía como un poder terrible y sutil en mi Araucanía natal. Llovía meses enteros, años enteros. La lluvia caía en hilos como largas agujas de vidrio que se rompían en los techos, o llegaban en olas transparentes contra las ventanas, y cada casa era una nave que difícilmente llegaba a puerto en aquel océano de invierno. Esta lluvia fría del sur de América no tiene las rachas impulsivas de la lluvia caliente que cae como un látigo y pasa dejando el cielo azul. Por el contrario, a lluvia austral tiene paciencia y continúa, sin término, cayendo desde el cielo gris. Frente a mi casa, la calle se convirtió en un inmenso mar de lodo. A través de la lluvia veo por la ventana que una carreta se ha empantanado en medio de la calle. Un campesino, con manta de castilla negra, hostiga a los bueyes que no pueden más entre la lluvia y el barro. Por las veredas, pisando en una piedra y en otra, contra frío y lluvia, andábamos hacia el colegio. Los paraguas se los llevaba el viento. Los impermeables eran caros, los guantes no me gustaban, los zapatos se empapaban. Siempre recordaré los calcetines mojados junto al brasero y muchos zapatos echando vapor, como pequeñas locomotoras. Luego venían las inundaciones, que se llevaban las poblaciones donde vivía la gente más pobre, junto al río. También la tierra se sacudía, temblorosa. Otras veces, en la cordillera asomaba un penacho de luz terrible: el volcán Llaima despertaba. Temuco es una ciudad pionera, de esas ciudades sin pasado, pero con ferreterías. Como los indios no saben leer, las ferreterías ostentan sus notables emblemas en las calles: un inmenso serrucho, una olla gigantesca, un candado ciclópeo, una cuchara antártica. Más allá, las zapaterías, una bota colosal. Si Temuco era la avanzada de la vida chilena en los territorios del sur de Chile, esto significaba una larga historia de sangre. Al empuje de los conquistadores españoles, después de trescientos años de lucha, los araucanos se replegaron hacia aquellas regiones frías. Pero los chilenos continuaron lo que se llamó "la pacificación de la
Confieso que he vivido. Memorias Pablo Neruda 5 Araucanía", es decir, la continuación de una guerra a sangre y fuego, para desposeer a nuestros compatriotas de sus tierras. Contra los indios todas las armas se usaron con generosidad: el disparo de carabina, el incendio de sus chozas, y luego, en forma más paternal, se empleó la ley y el alcohol. El abogado se hizo también especialista en el despojo de sus campos, el juez los condenó cuando protestaron, el sacerdote los amenazó con el fuego eterno. Y, por fin, el aguardiente consumó el aniquilamiento de una raza soberbia cuyas proezas, valentía y belleza, dejó grabadas en estrofas de hierro y de jaspe don Alonso de Ercilla en su Araucana. Mis padres llegaron de Parral, donde yo nací. Allí, en el centro de Chile, crecen las viñas y abunda el vino. Sin que yo lo recuerde, sin saber que la miré con mis ojos, murió mi madre doña Rosa Basoalto. Yo nací el 12 de julio de 1904, y un mes después, en agosto, agotada por la tuberculosis, mi madre ya no existía. La vida era dura para los pequeños agricultores del centro del país. Mi abuelo, don José Angel Reyes, tenía poca tierra y muchos hijos. Los nombres de mis tíos me parecieron nombres de príncipes de reinos lejanos. Se llamaban Amóos, Oseas, Joel, Abadías. Mi padre se llamaba simplemente José del Carmen. Salió muy joven de las tierras paternas y trabajó de obrero en los diques del puerto de Talcahuano, terminando como ferroviario en Temuco. Era conductor de un tren lastrero. Pocos saben lo que es un tren lastrero. En la región austral, de grandes vendavales, las aguas se llevarían los rieles si no se les echara piedrecillas entre los durmientes. Hay que sacar en capachos el lastre de las canteras y volcar la piedra menuda en los carros planos. Hace cuarenta años la tripulación de un tren de esta clase tenía que ser formidable. Venían de los campos, de los suburbios, de las cárceles. Eran gigantescos y musculosos peones. Los salarios de la empresa eran miserables y no se pedían antecedentes a los que querían trabajar en los trenes lastreros. Mi padre era el conductor del tren. Se había acostumbrado a mandar y a obedecer. A veces me llevaba con él. Picábamos piedra en Boroa, corazón silvestre de la frontera, escenario de los terribles combates entre españoles y araucanos. La naturaleza allí me daba una especie de embriaguez. Me atraían los pájaros, los escarabajos, los huevos de perdiz. Era milagroso encontrarlos en las quebradas, empavonados, oscuros y relucientes, con un color parecido al del cañón de una escopeta. Me asombraba la perfección de los insectos. Recogía las "madres de la culebra". Con este nombre extravagante se designaba al mayor coleóptero, negro, bruñido y fuerte, el titán de los insectos de Chile. Estremece verlo de pronto en los troncos de los maquis y de los manzanos silvestres, de los copihues, pero yo sabía que era tan fuerte que podía pararme con mis pies sobre él y no se rompería. Con su gran dureza defensiva no necesitaba veneno. Estas exploraciones mías llenaban de curiosidad a los trabajadores. Pronto comenzaron a interesarse en mis descubrimientos. Apenas se descuidaba mi padre se largaban por la selva virgen y con más destreza, más inteligencia y más fuerza que yo, encontraban para mí tesoros increíbles. Había uno que se llamaba Monge. Según mi padre, un peligroso cuchillero. Tenía dos grandes líneas en su cara morena. Una era la cicatriz vertical de un cuchillazo y la otra su sonrisa blanca, horizontal, llena de simpatía y de picardía. Este Monge me traía copihues blancos, arañas peludas, crías de torcazas, y una vez descubrió para mí lo más deslumbrante, el coleóptero del copihue y de la luma. No sé si ustedes lo han visto alguna vez. Yo sólo lo vi en aquella ocasión. Era un relámpago vestido de arco iris. El rojo y el violeta y el verde y el amarillo deslumbraban en su caparazón. Como un relámpago se me escapó de las manos y se volvió a la selva. Ya no estaba Monge para que me lo cazara. Nunca me he recobrado de aquella aparición deslumbrante. Tampoco he olvidado a aquel amigo. Mi padre me contó su muerte. Cayó del tren y rodó por un precipicio. Se detuvo el convoy, pero, me decía mi padre, ya sólo era un saco de huesos. Es difícil dar una idea de una casa como la mía, casa típica de la frontera, hace sesenta años. En primer lugar, los domicilios familiares se intercomunicaban. Por el fondo de los patios, los Reyes y los Ortegas, los Canda y los Masón se intercambiaban herramientas o libros, tortas de cumpleaños, ungüentos para fricciones, paraguas, mesas y sillas. Estas casas pioneras cubrían todas las actividades de un pueblo. Don Carlos Masón, norteamericano de blanca melena, parecido a Emulo, era el patriarca de esta familia. Sus hijos Masón eran profundamente criollos. Don Carlos Masón tenía código y biblioteca. No era un imperialista, sino un fundador original. En esta familia, sin que nadie tuviera dinero, crecían imprentas, hoteles, carnicerías. Algunos hijos eran directores de periódicos y otros eran obreros en la misma imprenta. Todo pasaba con el tiempo y todo el mundo quedaba tan pobre como antes. Sólo los alemanes mantenían esa irreductible conservación de sus bienes, que los caracterizaba en la frontera. Las casas nuestras tenían, pues, algo de campamento. O de empresas descubridoras. Al entrar se veían barricas, aperos, monturas, y objetos indescriptibles. Quedaban siempre habitaciones sin terminar, escaleras inconclusas. Se hablaba toda la vida de continuar la construcción. Los padres comenzaban a pensar en la universidad para sus hijos
De aquellas tierras, de aquel barro, de aquel silencio, he salido yo a andar, a cantar por el mundo.
INFANCIA Y POESÍA
Comenzaré por decir, sobre los días y años de mi infancia, que mi único personaje inolvidable fue la lluvia. La gran lluvia austral que cae como una catarata del Polo, desde los cielos del Cabo de Hornos hasta la frontera. En esta frontera, o Far West de mi patria, nací a la vida, a la tierra, a la poesía y a la lluvia. Por mucho que he caminado me parece que se ha perdido ese arte de llover que se ejercía como un poder terrible y sutil en mi Araucanía natal. Llovía meses enteros, años enteros. La lluvia caía en hilos como largas agujas de vidrio que se rompían en los techos, o llegaban en olas transparentes contra las ventanas, y cada casa era una nave que difícilmente llegaba a puerto en aquel océano de invierno. Esta lluvia fría del sur de América no tiene las rachas impulsivas de la lluvia caliente que cae como un látigo y pasa dejando el cielo azul. Por el contrario, a lluvia austral tiene paciencia y continúa, sin término, cayendo desde el cielo gris. Frente a mi casa, la calle se convirtió en un inmenso mar de lodo. A través de la lluvia veo por la ventana que una carreta se ha empantanado en medio de la calle. Un campesino, con manta de castilla negra, hostiga a los bueyes que no pueden más entre la lluvia y el barro. Por las veredas, pisando en una piedra y en otra, contra frío y lluvia, andábamos hacia el colegio. Los paraguas se los llevaba el viento. Los impermeables eran caros, los guantes no me gustaban, los zapatos se empapaban. Siempre recordaré los calcetines mojados junto al brasero y muchos zapatos echando vapor, como pequeñas locomotoras. Luego venían las inundaciones, que se llevaban las poblaciones donde vivía la gente más pobre, junto al río. También la tierra se sacudía, temblorosa. Otras veces, en la cordillera asomaba un penacho de luz terrible: el volcán Llaima despertaba. Temuco es una ciudad pionera, de esas ciudades sin pasado, pero con ferreterías. Como los indios no saben leer, las ferreterías ostentan sus notables emblemas en las calles: un inmenso serrucho, una olla gigantesca, un candado ciclópeo, una cuchara antártica. Más allá, las zapaterías, una bota colosal. Si Temuco era la avanzada de la vida chilena en los territorios del sur de Chile, esto significaba una larga historia de sangre. Al empuje de los conquistadores españoles, después de trescientos años de lucha, los araucanos se replegaron hacia aquellas regiones frías. Pero los chilenos continuaron lo que se llamó "la pacificación de la
Confieso que he vivido. Memorias Pablo Neruda 5 Araucanía", es decir, la continuación de una guerra a sangre y fuego, para desposeer a nuestros compatriotas de sus tierras. Contra los indios todas las armas se usaron con generosidad: el disparo de carabina, el incendio de sus chozas, y luego, en forma más paternal, se empleó la ley y el alcohol. El abogado se hizo también especialista en el despojo de sus campos, el juez los condenó cuando protestaron, el sacerdote los amenazó con el fuego eterno. Y, por fin, el aguardiente consumó el aniquilamiento de una raza soberbia cuyas proezas, valentía y belleza, dejó grabadas en estrofas de hierro y de jaspe don Alonso de Ercilla en su Araucana. Mis padres llegaron de Parral, donde yo nací. Allí, en el centro de Chile, crecen las viñas y abunda el vino. Sin que yo lo recuerde, sin saber que la miré con mis ojos, murió mi madre doña Rosa Basoalto. Yo nací el 12 de julio de 1904, y un mes después, en agosto, agotada por la tuberculosis, mi madre ya no existía. La vida era dura para los pequeños agricultores del centro del país. Mi abuelo, don José Angel Reyes, tenía poca tierra y muchos hijos. Los nombres de mis tíos me parecieron nombres de príncipes de reinos lejanos. Se llamaban Amóos, Oseas, Joel, Abadías. Mi padre se llamaba simplemente José del Carmen. Salió muy joven de las tierras paternas y trabajó de obrero en los diques del puerto de Talcahuano, terminando como ferroviario en Temuco. Era conductor de un tren lastrero. Pocos saben lo que es un tren lastrero. En la región austral, de grandes vendavales, las aguas se llevarían los rieles si no se les echara piedrecillas entre los durmientes. Hay que sacar en capachos el lastre de las canteras y volcar la piedra menuda en los carros planos. Hace cuarenta años la tripulación de un tren de esta clase tenía que ser formidable. Venían de los campos, de los suburbios, de las cárceles. Eran gigantescos y musculosos peones. Los salarios de la empresa eran miserables y no se pedían antecedentes a los que querían trabajar en los trenes lastreros. Mi padre era el conductor del tren. Se había acostumbrado a mandar y a obedecer. A veces me llevaba con él. Picábamos piedra en Boroa, corazón silvestre de la frontera, escenario de los terribles combates entre españoles y araucanos. La naturaleza allí me daba una especie de embriaguez. Me atraían los pájaros, los escarabajos, los huevos de perdiz. Era milagroso encontrarlos en las quebradas, empavonados, oscuros y relucientes, con un color parecido al del cañón de una escopeta. Me asombraba la perfección de los insectos. Recogía las "madres de la culebra". Con este nombre extravagante se designaba al mayor coleóptero, negro, bruñido y fuerte, el titán de los insectos de Chile. Estremece verlo de pronto en los troncos de los maquis y de los manzanos silvestres, de los copihues, pero yo sabía que era tan fuerte que podía pararme con mis pies sobre él y no se rompería. Con su gran dureza defensiva no necesitaba veneno. Estas exploraciones mías llenaban de curiosidad a los trabajadores. Pronto comenzaron a interesarse en mis descubrimientos. Apenas se descuidaba mi padre se largaban por la selva virgen y con más destreza, más inteligencia y más fuerza que yo, encontraban para mí tesoros increíbles. Había uno que se llamaba Monge. Según mi padre, un peligroso cuchillero. Tenía dos grandes líneas en su cara morena. Una era la cicatriz vertical de un cuchillazo y la otra su sonrisa blanca, horizontal, llena de simpatía y de picardía. Este Monge me traía copihues blancos, arañas peludas, crías de torcazas, y una vez descubrió para mí lo más deslumbrante, el coleóptero del copihue y de la luma. No sé si ustedes lo han visto alguna vez. Yo sólo lo vi en aquella ocasión. Era un relámpago vestido de arco iris. El rojo y el violeta y el verde y el amarillo deslumbraban en su caparazón. Como un relámpago se me escapó de las manos y se volvió a la selva. Ya no estaba Monge para que me lo cazara. Nunca me he recobrado de aquella aparición deslumbrante. Tampoco he olvidado a aquel amigo. Mi padre me contó su muerte. Cayó del tren y rodó por un precipicio. Se detuvo el convoy, pero, me decía mi padre, ya sólo era un saco de huesos. Es difícil dar una idea de una casa como la mía, casa típica de la frontera, hace sesenta años. En primer lugar, los domicilios familiares se intercomunicaban. Por el fondo de los patios, los Reyes y los Ortegas, los Canda y los Masón se intercambiaban herramientas o libros, tortas de cumpleaños, ungüentos para fricciones, paraguas, mesas y sillas. Estas casas pioneras cubrían todas las actividades de un pueblo. Don Carlos Masón, norteamericano de blanca melena, parecido a Emulo, era el patriarca de esta familia. Sus hijos Masón eran profundamente criollos. Don Carlos Masón tenía código y biblioteca. No era un imperialista, sino un fundador original. En esta familia, sin que nadie tuviera dinero, crecían imprentas, hoteles, carnicerías. Algunos hijos eran directores de periódicos y otros eran obreros en la misma imprenta. Todo pasaba con el tiempo y todo el mundo quedaba tan pobre como antes. Sólo los alemanes mantenían esa irreductible conservación de sus bienes, que los caracterizaba en la frontera. Las casas nuestras tenían, pues, algo de campamento. O de empresas descubridoras. Al entrar se veían barricas, aperos, monturas, y objetos indescriptibles. Quedaban siempre habitaciones sin terminar, escaleras inconclusas. Se hablaba toda la vida de continuar la construcción. Los padres comenzaban a pensar en la universidad para sus hijos
Confieso que He Vivido: Pablo Neruda
En su libro confieso que he vivido, Pablo Neruda nos entrega las memorias de su vida; unas memorias en las que no encontramos detalles concretos, si no más bien recuerdos de la vida de este gran poeta chileno. Dentro de estas memorias encontramos aspectos que nos ayudan a entender su gran obra literaria y explicar como grandes escritores como éste se basan de sus vivencias, experiencias, situaciones políticas, sociales, culturales, etc., para crear sus grandes obras.
Como primer aspecto hay que nombrar el estilo de vida nómada que tenía el destacado poeta. Desde su infancia junto al sur de Chile, y acompañado de esa lluvia que lo impactaba, pasando por la dura experiencia en la capital, en donde publica “Crepusculario” por la cual vende todos sus muebles, tiene que empeñar el reloj que le había regalado su padre, y ser ayudado por un crítico amigo suyo, de apellido Alone, quien aporta generosamente el resto de la deuda. Los poemas de “Crepusculario” fincan sus raíces en el entusiasmo y la generosidad, están escritos con una sensibilidad abierta a las inquietudes sociales y en un absoluto convencimiento del poder de la palabra poética como factor transformador de la realidad. También debemos señalar su paso por diversos países en el mundo, en donde sobresalen sus experiencias en Oriente, en Argentina en donde conoce a uno de sus grandes amigos Federico García Lorca, en Europa en donde lo encontramos muy conectado con la guerra civil española, ejerciendo funciones diplomáticas en Francia, y con visitas a la URSS; además se puede recalcar su aparición en México y en la China.
¿Pero todos estos lugares y todas estas experiencias (y muchas otras) en que pueden ayudar a entender la obra de Neruda? Estos hechos ayudan a entender las obras que realizó Neruda ya que tienen creaciones que corresponden a realidades diversas como son “España en el corazón”, poema que empieza a escribir al estallar la guerra civil española, donde Neruda descubre que el hombre no es sólo naturaleza, sino también historia; “Canto de amor a Stalingrado” que forman parte de su libro “Canto General” (considerado por muchos su más grande obra), que en un principio iba a hacer un texto en el cual Neruda iba a dar a conocer la realidad de su país, pero se transformó en uno en el cual nos entrega la verdad del pueblo Latinoamericano y en donde nos regala su visión desde la llegada de los españoles hasta su “tiempo”. Es decir estos hechos ayudan a entender la publicación de estos escritos, y más aún nos ayudan a entender esa increíble personalidad que se nota en las obras de Neruda.
Como segundo elemento se puede resaltar la caracterización y simpleza a la vez para escribir, porque siempre se apegó a lo que lo rodeó, incluso cuando niño, ya que el mismo advierte que en ese tiempo escribió su primer poema. Se estremecía con la tierra fértil del sur del país y más aún con la lluvia que lo sorprendía por su gran abundancia "…Comenzaré por decir, sobre los días y años de mi infancia, que mi único personaje inolvidable fue la lluvia...La gran lluvia austral que cae como una catarata del Polo, desde los cielos del Cabo de Hornos hasta la frontera. En esta frontera, o Far West de mi patria, nací a la vida, a la tierra, a la poesía y a la lluvia...".O en otros casos con la guerra civil española, con el comunismo, ó con la realidad Latinoamericana, en todos ellos siente una profunda identificación, un sentimiento penetrante con estas realidades que quizás no eran directamente propias, pero con sus viajes y con su sensibilidad para ver las cosas él las hacia propias.
A la vez sus obras son simples, o por lo menos esa era la intención del poeta, ya que como el propone sus escritos eran un reflejo de lo que el sentía en el momento. Para graficarlo hay que citar un fragmento de sus memorias “…siempre me pregunto que estoy escribiendo. Siempre me ha sorprendido esa pregunta por lo superficial, porque la verdad es que siempre estoy haciendo lo mismo, ¿Poesía? Me entere mucho después… que lo que yo escribía se llamaba poesía. Me aburren las discusiones estéticas…”. Aquí podemos ver que siempre Neruda quería expresar lo que sentía, que no le importaba crear grandes obras sino más bien expresar lo que sentía en el momento y dárselo a conocer a la gente.
Un último aspecto que se señalará, será la constante lucha a la que se ve enfrentado el gran poeta Pablo Neruda. Esta lucha que se encuentra durante toda su vida, en todas sus cosas y luego se traducen al papel, convirtiéndose en grandes obras literarias. Se puede señalar esa lucha, que debió enfrentar en su niñez para poder salir adelante a pesar de los problemas familiares y sociales que tenía en esa época.
También podemos referirnos a las complicaciones que enfrenta al llegar a Santiago a estudiar pedagogía, en el Instituto Pedagógico, entre las que se pueden contar la pobreza a la que se vio enfrentado en su diario vivir y en su afán de publicar su primer libro. No hay que olvidar que otra valla que debió superar fue la de su padre, que no quería que su hijo Neftalí se convirtiera en poeta por los riesgos económicos que este le podía traer, para lo cual decidió usar seudónimos como Sachka o Pablo Neruda.
Además cuando ejerció cargos diplomáticos en distintas partes del mundo debió enfrentar diversos problemas. Se enfrentó con el gobierno chileno, más específicamente, con el senador que abusa de su poder para ordenar su arresto el cual se revocó en 1952. Incluso se vio enfrentado a la guerra civil Española.
Como podemos notar el poeta se ve enfrentado a diversos problemas, desde su identidad hasta la amenaza de ir a la cárcel si lo encontraban en Chile. Pero Neftalí Reyes como todos lo conocemos hoy, Pablo Neruda, siempre salió vencedor de sus batallas, y éstas las podemos resaltar en sus obras, ya que como se ha señalado anteriormente, el escribía sus propias vivencias, sin importar si lo que escribía era poesía o no “… Me toco padecer y luchar, amar y cantar; Me tocaron en el reparto del mundo, el triunfo y la derrota, probé el gusto del pan y el de la sangre. ¿Qué más quiere un poeta? y todas las alternativas, desde el llanto hasta los besos, desde la soledad hasta el pueblo, perviven en mi poesía, actúan en ella por que he vivido para mi poesía, y mi poesía ha sustentado mis luchas…”.
Mi vida es una vida hecha de todas las vidas: las vidas del poeta.
A los 69 años de su vida terrenal, Pablo Neruda recibió honores y ataques, conoció la pobreza y la soledad, amó y fue amado, anduvo exiliado por el mundo derramando poesía, y participó como poeta y hombre de acción en muchas batallas, a veces políticas...muchas veces poéticas.
El 11 de septiembre de 1973, tienen un impacto tremendo en la hasta entonces animosa voluntad del poeta, que se agrava en pocos días, debiendo ser internado prontamente en la Clínica Santa María en Santiago lugar en donde fallece a las 22:30 horas del día 23 de septiembre.
Como primer aspecto hay que nombrar el estilo de vida nómada que tenía el destacado poeta. Desde su infancia junto al sur de Chile, y acompañado de esa lluvia que lo impactaba, pasando por la dura experiencia en la capital, en donde publica “Crepusculario” por la cual vende todos sus muebles, tiene que empeñar el reloj que le había regalado su padre, y ser ayudado por un crítico amigo suyo, de apellido Alone, quien aporta generosamente el resto de la deuda. Los poemas de “Crepusculario” fincan sus raíces en el entusiasmo y la generosidad, están escritos con una sensibilidad abierta a las inquietudes sociales y en un absoluto convencimiento del poder de la palabra poética como factor transformador de la realidad. También debemos señalar su paso por diversos países en el mundo, en donde sobresalen sus experiencias en Oriente, en Argentina en donde conoce a uno de sus grandes amigos Federico García Lorca, en Europa en donde lo encontramos muy conectado con la guerra civil española, ejerciendo funciones diplomáticas en Francia, y con visitas a la URSS; además se puede recalcar su aparición en México y en la China.
¿Pero todos estos lugares y todas estas experiencias (y muchas otras) en que pueden ayudar a entender la obra de Neruda? Estos hechos ayudan a entender las obras que realizó Neruda ya que tienen creaciones que corresponden a realidades diversas como son “España en el corazón”, poema que empieza a escribir al estallar la guerra civil española, donde Neruda descubre que el hombre no es sólo naturaleza, sino también historia; “Canto de amor a Stalingrado” que forman parte de su libro “Canto General” (considerado por muchos su más grande obra), que en un principio iba a hacer un texto en el cual Neruda iba a dar a conocer la realidad de su país, pero se transformó en uno en el cual nos entrega la verdad del pueblo Latinoamericano y en donde nos regala su visión desde la llegada de los españoles hasta su “tiempo”. Es decir estos hechos ayudan a entender la publicación de estos escritos, y más aún nos ayudan a entender esa increíble personalidad que se nota en las obras de Neruda.
Como segundo elemento se puede resaltar la caracterización y simpleza a la vez para escribir, porque siempre se apegó a lo que lo rodeó, incluso cuando niño, ya que el mismo advierte que en ese tiempo escribió su primer poema. Se estremecía con la tierra fértil del sur del país y más aún con la lluvia que lo sorprendía por su gran abundancia "…Comenzaré por decir, sobre los días y años de mi infancia, que mi único personaje inolvidable fue la lluvia...La gran lluvia austral que cae como una catarata del Polo, desde los cielos del Cabo de Hornos hasta la frontera. En esta frontera, o Far West de mi patria, nací a la vida, a la tierra, a la poesía y a la lluvia...".O en otros casos con la guerra civil española, con el comunismo, ó con la realidad Latinoamericana, en todos ellos siente una profunda identificación, un sentimiento penetrante con estas realidades que quizás no eran directamente propias, pero con sus viajes y con su sensibilidad para ver las cosas él las hacia propias.
A la vez sus obras son simples, o por lo menos esa era la intención del poeta, ya que como el propone sus escritos eran un reflejo de lo que el sentía en el momento. Para graficarlo hay que citar un fragmento de sus memorias “…siempre me pregunto que estoy escribiendo. Siempre me ha sorprendido esa pregunta por lo superficial, porque la verdad es que siempre estoy haciendo lo mismo, ¿Poesía? Me entere mucho después… que lo que yo escribía se llamaba poesía. Me aburren las discusiones estéticas…”. Aquí podemos ver que siempre Neruda quería expresar lo que sentía, que no le importaba crear grandes obras sino más bien expresar lo que sentía en el momento y dárselo a conocer a la gente.
Un último aspecto que se señalará, será la constante lucha a la que se ve enfrentado el gran poeta Pablo Neruda. Esta lucha que se encuentra durante toda su vida, en todas sus cosas y luego se traducen al papel, convirtiéndose en grandes obras literarias. Se puede señalar esa lucha, que debió enfrentar en su niñez para poder salir adelante a pesar de los problemas familiares y sociales que tenía en esa época.
También podemos referirnos a las complicaciones que enfrenta al llegar a Santiago a estudiar pedagogía, en el Instituto Pedagógico, entre las que se pueden contar la pobreza a la que se vio enfrentado en su diario vivir y en su afán de publicar su primer libro. No hay que olvidar que otra valla que debió superar fue la de su padre, que no quería que su hijo Neftalí se convirtiera en poeta por los riesgos económicos que este le podía traer, para lo cual decidió usar seudónimos como Sachka o Pablo Neruda.
Además cuando ejerció cargos diplomáticos en distintas partes del mundo debió enfrentar diversos problemas. Se enfrentó con el gobierno chileno, más específicamente, con el senador que abusa de su poder para ordenar su arresto el cual se revocó en 1952. Incluso se vio enfrentado a la guerra civil Española.
Como podemos notar el poeta se ve enfrentado a diversos problemas, desde su identidad hasta la amenaza de ir a la cárcel si lo encontraban en Chile. Pero Neftalí Reyes como todos lo conocemos hoy, Pablo Neruda, siempre salió vencedor de sus batallas, y éstas las podemos resaltar en sus obras, ya que como se ha señalado anteriormente, el escribía sus propias vivencias, sin importar si lo que escribía era poesía o no “… Me toco padecer y luchar, amar y cantar; Me tocaron en el reparto del mundo, el triunfo y la derrota, probé el gusto del pan y el de la sangre. ¿Qué más quiere un poeta? y todas las alternativas, desde el llanto hasta los besos, desde la soledad hasta el pueblo, perviven en mi poesía, actúan en ella por que he vivido para mi poesía, y mi poesía ha sustentado mis luchas…”.
Mi vida es una vida hecha de todas las vidas: las vidas del poeta.
A los 69 años de su vida terrenal, Pablo Neruda recibió honores y ataques, conoció la pobreza y la soledad, amó y fue amado, anduvo exiliado por el mundo derramando poesía, y participó como poeta y hombre de acción en muchas batallas, a veces políticas...muchas veces poéticas.
El 11 de septiembre de 1973, tienen un impacto tremendo en la hasta entonces animosa voluntad del poeta, que se agrava en pocos días, debiendo ser internado prontamente en la Clínica Santa María en Santiago lugar en donde fallece a las 22:30 horas del día 23 de septiembre.
Confieso que He Vivido: Pablo Neruda
... Mi Pueblo ha sido el más traicionado de este tiempo. De los desiertos del salitre, de las minas submarinas del carbón, de las alturas terribles donde yace el cobre y lo extraen con trabajos inhumanos las manos de mi pueblo, surgió un movimiento liberador de magnitud grandiosa. Ese movimiento llevó a la presidencia de Chile a un hombre llamado Salvador Allende para que realizara reformas y medidas de justicia inaplazables, para que rescatara nuestras riquezas nacionales de las garras extranjeras.
Donde estuvo, en los países más lejanos, los pueblos admiraron al presidente Allende y elogiaron el extraordinario pluralismo de nuestro gobierno. Jamás en la historia de la sede de las Naciones Unidas, en Nueva York, se escuchó una ovación como la que le brindaron al presidente de Chile los delegados de todo el mundo. Aquí, en Chile, se estaba construyendo, entre inmensas dificultades, una sociedad verdaderamente justa, elevada sobre la base de nuestra soberanía, de nuestro orgullo nacional, del heroísmo de los mejores habitantes de Chile. De nuestro lado, del lado de la revolución chilena, estaban la constitución y la ley, la democracia y la esperanza.
Del otro lado no faltaba nada. Tenían arlequines y polichinelas, payasos a granel, terroristas de pistola y cadena, monjes falsos y militares degradados. Unos y otros daban vueltas en el carrousel del despacho. Iban tomados de la mano el fascista Jarpa con sus sobrinos de "Patria y Libertad", dispuestos a romperle la cabeza y el alma a cuanto existe, con tal de recuperarla gran hacienda que ellos llamaban Chile. Junto con ellos, para amenizar la farándula, danzaba un gran banquero y bailarín, algo manchado de sangre; era el campeón de rumba González Videla, que rumbeando entregó hace tiempo su partido a los enemigos del pueblo. Ahora era Frei quien ofrecía su partido demócrata-cristiano a los mismos enemigos del pueblo, y bailaba al son que éstos le tocaran, y bailaba además con el ex coronel Viaux, de cuya fechoría fue cómplice. Éstos eran los principales artistas de la comedia. Tenían preparados los víveres del acaparamiento, los "miguelitos", los garrotes y las mismas balas que ayer hirieron de muerte a nuestro pueblo en Iquique, en Ranquin, en Salvador, en Puert Montt, en la José María Caro, en Frutillar, en Puente Alto y en tantos otros lugares. Los asesinos de Hernán Mery bailaban con los que deberían defender su memoria. Bailaban con naturalidad, santurronamente. Se sentían ofendidos de que les reprocharan esos "pequeños detalles".
Chile tiene una larga historia civil con pocas revoluciones y muchos gobiernos estables, conservadores y mediocres.
Muchos presidentes chicos y sólo dos presidentes grandes: Balmaceda y Allende. Es curioso que los dos provinieran del mismo medio, de la burguesía adinerada, que aquí se hace llamar aristocracia. Como hombres de principios, empeñados en engrandecer un país empequeñecido por la mediocre oligarquía, los dos fueron conducidos a la muerte de la misma manera. Balmaceda fue llevado al suicidio por resistirse a entregar la riqueza salitrera a las compañías extranjeras.
Allende fue asesinado por haber nacionalizado la otra riqueza del subsuelo chileno, el cobre. En ambos casos la oligarquía chilena organizó revoluciones sangrientas. En ambos casos los militares hicieron de jauría. Las compañías inglesas en la ocasión de Balmaceda, las norteamericanas en la ocasión de Allende, fomentaron y sufragaron estos movimientos militares.
En ambos casos las casas de los presidentes fueron desvalijadas por órdenes de nuestros distinguidos «aristócratas». Los salones de Balmaceda fueron destruidos a hachazos. La casa de Allende, gracias al progreso del mundo, fue bombardeada desde el aire por nuestros heroicos aviadores.
Sin embargo, estos dos hombres fueron muy diferentes. Balmaceda fue un orador cautivante. Tenía una complexión imperiosa que lo acercaba más y más al mando unipersonal. Estaba seguro de la elevación de sus propósitos. En todo instante se vio rodeado de enemigos. Su superioridad sobre el medio en que vivía era tan grande, y tan grande su soledad, que concluyó por reconcentrarse en sí mismo. El pueblo que debía ayudarle no existía como fuerza, es decir, no estaba organizado. Aquel presidente estaba condenado a conducirse como un iluminado, como un soñador: su sueño de grandeza se quedó en sueño. Después de su asesinato, los rapaces mercaderes extranjeros y los parlamentarios criollos entraron en posesión de salitre: para los extranjeros, la propiedad y las concesiones; para los criollos, las coimas. Recibidos los treinta dineros, todo volvió a su normalidad. La sangre de unos cuantos miles de hombres del pueblo se secó pronto en los campos de batalla. Los obreros más explotados del mundo, los de las regiones del norte de Chile, no cesaron de producir inmensas cantidades de libras esterlinas para la city de Londres.
Allende nunca fue un gran orador. Y como estadista era un gobernante que consultaba todas sus medidas. Fue el antidictador, el demócrata principista hasta en los menores detalles. Le tocó un país que ya no era el pueblo bisoño de Balmaceda; encontró una clase obrera poderosa que sabía de qué se trataba. Allende era un dirigente colectivo; un hombre que, sin salir de las clases populares, era un producto de la lucha de esas clases contra el estancamiento y la corrupción de sus explotadores. Por tales causas y razones, la obra que realizó Allende en tan corto tiempo es superior a la de Balmaceda; más aún, es la más importante en la historia de Chile. Sólo la nacionalización del cobre fue una empresa titánica, y muchos objetivos más que se cumplieron bajo su gobierno de esencia colectiva.
Las obras y los hechos de Allende, de imborrable valor nacional, enfurecieron a los enemigos de nuestra liberación. El simbolismo trágico de esta crisis se revela en el bombardeo del palacio de gobierno; uno evoca la Blitz Krieg de la aviación nazi contra indefensas ciudades extranjeras, españolas, inglesas, rusas; ahora sucedía el mismo crimen en Chile; pilotos chilenos atacaban en picada el palacio que durante dos siglos fue el centro de la vida civil del país.
Escribo estas rápidas líneas para mis memorias a sólo tres días de los hechos incalificables que llevaron a la muerte a mi gran compañero el presidente Allende. Su asesinato se mantuvo en silencio; fue enterrado secretamente; sólo a su viuda le fue permitido acompañar aquel inmortal cadáver. La versión de los agresores es que hallaron su cuerpo inerte, con muestras visibles de suicidio. La versión que ha sido publicada en el extranjero es diferente. A renglón seguido del bombardeó aéreo entraron en acción los tanques, muchos tanques, a luchar intrépidamente contra un solo hombre: el presidente de la república de Chile, Salvador Allende, que los esperaba en su gabinete, sin más compañía que su gran corazón, envuelto en humo y llamas.
Tenían que aprovechar una ocasión tan bella. Había que ametrallarlo porque jamás renunciaría a su cargo. Aquel cuerpo fue enterrado secretamente en un sitio cualquiera. Aquel cadáver que marchó a la sepultura acompañado por una sola mujer que llevaba en sí misma todo el dolor del mundo, aquella gloriosa figura muerta iba acribillada y despedazada por las balas de las ametralladoras de los soldados de Chile, que otra vez habían traicionado a Chile.
Donde estuvo, en los países más lejanos, los pueblos admiraron al presidente Allende y elogiaron el extraordinario pluralismo de nuestro gobierno. Jamás en la historia de la sede de las Naciones Unidas, en Nueva York, se escuchó una ovación como la que le brindaron al presidente de Chile los delegados de todo el mundo. Aquí, en Chile, se estaba construyendo, entre inmensas dificultades, una sociedad verdaderamente justa, elevada sobre la base de nuestra soberanía, de nuestro orgullo nacional, del heroísmo de los mejores habitantes de Chile. De nuestro lado, del lado de la revolución chilena, estaban la constitución y la ley, la democracia y la esperanza.
Del otro lado no faltaba nada. Tenían arlequines y polichinelas, payasos a granel, terroristas de pistola y cadena, monjes falsos y militares degradados. Unos y otros daban vueltas en el carrousel del despacho. Iban tomados de la mano el fascista Jarpa con sus sobrinos de "Patria y Libertad", dispuestos a romperle la cabeza y el alma a cuanto existe, con tal de recuperarla gran hacienda que ellos llamaban Chile. Junto con ellos, para amenizar la farándula, danzaba un gran banquero y bailarín, algo manchado de sangre; era el campeón de rumba González Videla, que rumbeando entregó hace tiempo su partido a los enemigos del pueblo. Ahora era Frei quien ofrecía su partido demócrata-cristiano a los mismos enemigos del pueblo, y bailaba al son que éstos le tocaran, y bailaba además con el ex coronel Viaux, de cuya fechoría fue cómplice. Éstos eran los principales artistas de la comedia. Tenían preparados los víveres del acaparamiento, los "miguelitos", los garrotes y las mismas balas que ayer hirieron de muerte a nuestro pueblo en Iquique, en Ranquin, en Salvador, en Puert Montt, en la José María Caro, en Frutillar, en Puente Alto y en tantos otros lugares. Los asesinos de Hernán Mery bailaban con los que deberían defender su memoria. Bailaban con naturalidad, santurronamente. Se sentían ofendidos de que les reprocharan esos "pequeños detalles".
Chile tiene una larga historia civil con pocas revoluciones y muchos gobiernos estables, conservadores y mediocres.
Muchos presidentes chicos y sólo dos presidentes grandes: Balmaceda y Allende. Es curioso que los dos provinieran del mismo medio, de la burguesía adinerada, que aquí se hace llamar aristocracia. Como hombres de principios, empeñados en engrandecer un país empequeñecido por la mediocre oligarquía, los dos fueron conducidos a la muerte de la misma manera. Balmaceda fue llevado al suicidio por resistirse a entregar la riqueza salitrera a las compañías extranjeras.
Allende fue asesinado por haber nacionalizado la otra riqueza del subsuelo chileno, el cobre. En ambos casos la oligarquía chilena organizó revoluciones sangrientas. En ambos casos los militares hicieron de jauría. Las compañías inglesas en la ocasión de Balmaceda, las norteamericanas en la ocasión de Allende, fomentaron y sufragaron estos movimientos militares.
En ambos casos las casas de los presidentes fueron desvalijadas por órdenes de nuestros distinguidos «aristócratas». Los salones de Balmaceda fueron destruidos a hachazos. La casa de Allende, gracias al progreso del mundo, fue bombardeada desde el aire por nuestros heroicos aviadores.
Sin embargo, estos dos hombres fueron muy diferentes. Balmaceda fue un orador cautivante. Tenía una complexión imperiosa que lo acercaba más y más al mando unipersonal. Estaba seguro de la elevación de sus propósitos. En todo instante se vio rodeado de enemigos. Su superioridad sobre el medio en que vivía era tan grande, y tan grande su soledad, que concluyó por reconcentrarse en sí mismo. El pueblo que debía ayudarle no existía como fuerza, es decir, no estaba organizado. Aquel presidente estaba condenado a conducirse como un iluminado, como un soñador: su sueño de grandeza se quedó en sueño. Después de su asesinato, los rapaces mercaderes extranjeros y los parlamentarios criollos entraron en posesión de salitre: para los extranjeros, la propiedad y las concesiones; para los criollos, las coimas. Recibidos los treinta dineros, todo volvió a su normalidad. La sangre de unos cuantos miles de hombres del pueblo se secó pronto en los campos de batalla. Los obreros más explotados del mundo, los de las regiones del norte de Chile, no cesaron de producir inmensas cantidades de libras esterlinas para la city de Londres.
Allende nunca fue un gran orador. Y como estadista era un gobernante que consultaba todas sus medidas. Fue el antidictador, el demócrata principista hasta en los menores detalles. Le tocó un país que ya no era el pueblo bisoño de Balmaceda; encontró una clase obrera poderosa que sabía de qué se trataba. Allende era un dirigente colectivo; un hombre que, sin salir de las clases populares, era un producto de la lucha de esas clases contra el estancamiento y la corrupción de sus explotadores. Por tales causas y razones, la obra que realizó Allende en tan corto tiempo es superior a la de Balmaceda; más aún, es la más importante en la historia de Chile. Sólo la nacionalización del cobre fue una empresa titánica, y muchos objetivos más que se cumplieron bajo su gobierno de esencia colectiva.
Las obras y los hechos de Allende, de imborrable valor nacional, enfurecieron a los enemigos de nuestra liberación. El simbolismo trágico de esta crisis se revela en el bombardeo del palacio de gobierno; uno evoca la Blitz Krieg de la aviación nazi contra indefensas ciudades extranjeras, españolas, inglesas, rusas; ahora sucedía el mismo crimen en Chile; pilotos chilenos atacaban en picada el palacio que durante dos siglos fue el centro de la vida civil del país.
Escribo estas rápidas líneas para mis memorias a sólo tres días de los hechos incalificables que llevaron a la muerte a mi gran compañero el presidente Allende. Su asesinato se mantuvo en silencio; fue enterrado secretamente; sólo a su viuda le fue permitido acompañar aquel inmortal cadáver. La versión de los agresores es que hallaron su cuerpo inerte, con muestras visibles de suicidio. La versión que ha sido publicada en el extranjero es diferente. A renglón seguido del bombardeó aéreo entraron en acción los tanques, muchos tanques, a luchar intrépidamente contra un solo hombre: el presidente de la república de Chile, Salvador Allende, que los esperaba en su gabinete, sin más compañía que su gran corazón, envuelto en humo y llamas.
Tenían que aprovechar una ocasión tan bella. Había que ametrallarlo porque jamás renunciaría a su cargo. Aquel cuerpo fue enterrado secretamente en un sitio cualquiera. Aquel cadáver que marchó a la sepultura acompañado por una sola mujer que llevaba en sí misma todo el dolor del mundo, aquella gloriosa figura muerta iba acribillada y despedazada por las balas de las ametralladoras de los soldados de Chile, que otra vez habían traicionado a Chile.
Pablo Neruda: Confieso que he Vivido
Confieso que he vivido son las memorias escritas en una bellísima prosa por el insurrecto poeta chileno Pablo Neruda (1904-1973). Publicadas póstumamente en 1974, en ellas podemos comprobar la unión indisoluble que existió entre las experiencias vitales del poeta y su obra literaria, siendo estas memorias por tanto un material indispensable para entender y profundizar en su poesía.
Neruda consigue trasladar al lector de este libro en un viaje a través del mundo. Un viaje que comienza con las lluvias australes y la exuberante naturaleza araucana de su far west chileno y que finaliza con la narración que realiza pasados tres días de los fatales acontecimientos que tuvieron lugar en Chile el 11 de septiembre de 1973, el asesinato de su entrañable camarada y amigo Salvador Allende.
En el camino, Pablo Neruda nos lleva de la mano a través de exóticas regiones orientales. De la noche de Shangai nos dice: “las ciudades de mala reputación atraen como mujeres venenosas”. Realizando funciones como diplomático también visitará Japón, Ceilán, Singapur, Batavia y la India colonial. Especialmente interesante me parece la opinión que nos da a cerca de las filosofías orientales que en aquel entonces comenzaban a ponerse de moda en las distinguidas sociedades occidentales:
Todo el esoterismo filosófico de los países orientales, confrontado con la vida real, se revelaba como un subproducto de la inquietud, de la neurosis, de la desorientación y del oportunismo occidentales; es decir, de la crisis de principios del capitalismo. En la India no había por aquellos años muchos sitios para las contemplaciones del ombligo profundo. Una vida de brutales exigencias materiales [...] imprimían a la vida una gran ferocidad en la que los reflejos místicos desaparecían.
Casi siempre los núcleos teosóficos eran dirigidos por aventureros occidentales [...]. Entre ellos había gente de buena fe, pero la generalidad explotaba un mercado barato donde se vendían, al por mayor, amuletos y fetiches exóticos, envueltos en pacotilla metafísica. Esa gente se llenaba la boca con el Drama y el Yoga. Les encantaba la gimnasia religiosa impregnada de vacío y palabrería.
En Argentina conoce a uno de sus grandes amigos, Federico García Lorca.
En España, la Guerra Civil transformará para siempre su poesía, imprimiendo en ella un carácter combativo y utilitario, al servicio de la causa comunista. Conocerá también a los poetas del 27 y al joven militante Miguel Hernández.
En Elegí un camino nos dice:
Los grupos anarcos se multiplicaban pintorescamente en Madrid mientras la población acudía al frente de batalla. Los anarquistas habían pintado tranvías y autobuses, la mitad roja y la mitad amarilla. Con sus largas melenas y barbas, collares y pulseras de balas, protagonizaban el carnaval agónico de España. Vi a varios de ellos calzando zapatos emblemáticos, la mitad de cuero rojo y la otra de cuero negro [...]. Y no se crea que eran una farándula inofensiva. Cada uno llevaba cuchillos, pistolones descomunales, rifles y carabinas. Por lo general se situaban a las puertas principales de los edificios, en grupos que fumaban y escupían, haciendo ostentación de su armamento. Su principal preocupación era cobrar las rentas a los aterrorizados inquilinos. O bien hacerlos renunciar voluntariamente a sus alhajas, anillos y relojes. [...]
Mientras esas bandas pululaban por la noche ciega de Madrid, los comunistas eran la única fuerza organizada que creaba un ejército para enfrentarlo a los italianos, a los alemanes, a los moros y a los falangistas.
Después de la guerra española, desde su puesto de diplomático en París, ayudará a los exiliados republicanos a refugiarse en Chile enfrentándose incluso al presidente chileno.
Durante su estancia en México conoce entre otros a los excéntricos pintores José Clemente Orozco y Diego Ribera y queda fascinado por la magia y los misterios de este país:
Cuando decidí regresar a mi país comprendía menos a vida mexicana que cuando llegué a México.
[En México] Todo podía pasar, todo pasaba. El único diario de la oposición era subvencionado por el gobierno. Era la democracia más dictatorial que pueda concebirse.
Ya en su madurez visita países como la URSS, China, Armenia, Venezuela o Cuba.
Especial interés, quizás por lo paradójico, tiene el relato titulado Fidel Castro:
Dos semanas después de su victoriosa entrada en La Habana, llegó Fidel Castro a Caracas por una corta visita. Venía a agradecer públicamente al gobierno y al pueblo venezolanos la ayuda que le habían prestado.
[...] Fidel habló cuatro horas seguidas en la plaza de El Silencio, corazón de Caracas. Yo era una de las doscientas mil personas que escucharon de pie y sin chistar aquel largo discurso. Para mi, como para muchos otros, los discursos de Fidel han sido una revelación. Oyéndolo hablar en aquella multitud comprendí que una época nueva había comenzado para América Latina. Me gustó la novedad de su lenguaje. Los mejores dirigentes obreros y políticos suelen machacar fórmulas cuyo contenido puede ser válido, pero son palabras gastadas y debilitadas en la repetición. Fidel no se daba por enterado de tales fórmulas. Su lenguaje era natural y didáctico. Parecía que el mismo iba aprendiendo mientras hablaba y enseñaba.
El libro se cierra con el relato Allende. Escrito tan sólo tres días después del asesinato del presidente chileno y nueve días antes de la muerte del propio poeta:
[...] Jamás en la historia de la sede de las Naciones Unidas, en Nueva York, se escuchó una ovación como la que le brindaron al presidente de Chile los delegados de todo el mundo. Aquí, en Chile, se estaba construyendo, entre inmensas dificultades, una sociedad verdaderamente justa, elevada sobre la base de nuestra soberanía. De nuestro lado estaban la constitución y la ley, la democracia y la esperanza.
Del otro lado no faltaba nada. Tenían arlequines y polichinelas, payasos a granel, terroristas de pistola y cadena, monjes falsos y militares degradados. [...]
Chile tiene muchos presidentes chicos y sólo dos presidentes grandes: Balmaceda y Allende. [...] Como hombres de principios, empeñados en engrandecer un país empequeñecido por la mediocre oligarquía, los dos fueron conducidos a la muerte de la misma manera. Balmaceda fue llevado al suicidio por resistirse a entregar la riqueza salitrera a las compañías extranjeras.
Allende fue asesinado por haber nacionalizado la otra riqueza del subsuelo chileno, el cobre. [...] En ambos casos los militares hicieron la jauría. Las compañías inglesas en la ocasión de Balmaceda, las norteamericanas en la ocasión de Allende, fomentaron y sufragaron estos movimientos militares.
[...] Escribo estas rápidas líneas para mis memorias a sólo tres días de los hechos incalificables que llevaron a la muerte a mi gran compañero el presidente Allende. Su asesinato se mantuvo en silencio; fue enterrado secretamente; sólo a su viuda le fue permitido acompañar aquel inmortal cadáver. La versión de los agresores es que hallaron su cuerpo inerte, con muestras visibles de suicidio. La versión que ha sido publicada en el extranjero es diferente. A renglón seguido del bombardeo aéreo entraron en acción los tanques, muchos tanques, a luchar intrépidamente contra un solo hombre: el presidente de la república de Chile, Salvador Allende, que los esperaba en su gabinete, sin más compañía que su gran corazón, envuelto en humo y llamas.
Tenían que aprovechar una ocasión tan bella. Había que ametrallarlo porque jamás renunciaría a su cargo. Aquel cuerpo fue enterrado secretamente en un sitio cualquiera. Aquel cadáver que marchó a la sepultura acompañado por una sola mujer que llevaba en sí misma todo el dolor del mundo, aquella gloriosa figura muerta iba acribillada y despedazada por las balas de las ametralladoras de los soldados de Chile, que otra vez habían traicionado a Chile.
Neruda consigue trasladar al lector de este libro en un viaje a través del mundo. Un viaje que comienza con las lluvias australes y la exuberante naturaleza araucana de su far west chileno y que finaliza con la narración que realiza pasados tres días de los fatales acontecimientos que tuvieron lugar en Chile el 11 de septiembre de 1973, el asesinato de su entrañable camarada y amigo Salvador Allende.
En el camino, Pablo Neruda nos lleva de la mano a través de exóticas regiones orientales. De la noche de Shangai nos dice: “las ciudades de mala reputación atraen como mujeres venenosas”. Realizando funciones como diplomático también visitará Japón, Ceilán, Singapur, Batavia y la India colonial. Especialmente interesante me parece la opinión que nos da a cerca de las filosofías orientales que en aquel entonces comenzaban a ponerse de moda en las distinguidas sociedades occidentales:
Todo el esoterismo filosófico de los países orientales, confrontado con la vida real, se revelaba como un subproducto de la inquietud, de la neurosis, de la desorientación y del oportunismo occidentales; es decir, de la crisis de principios del capitalismo. En la India no había por aquellos años muchos sitios para las contemplaciones del ombligo profundo. Una vida de brutales exigencias materiales [...] imprimían a la vida una gran ferocidad en la que los reflejos místicos desaparecían.
Casi siempre los núcleos teosóficos eran dirigidos por aventureros occidentales [...]. Entre ellos había gente de buena fe, pero la generalidad explotaba un mercado barato donde se vendían, al por mayor, amuletos y fetiches exóticos, envueltos en pacotilla metafísica. Esa gente se llenaba la boca con el Drama y el Yoga. Les encantaba la gimnasia religiosa impregnada de vacío y palabrería.
En Argentina conoce a uno de sus grandes amigos, Federico García Lorca.
En España, la Guerra Civil transformará para siempre su poesía, imprimiendo en ella un carácter combativo y utilitario, al servicio de la causa comunista. Conocerá también a los poetas del 27 y al joven militante Miguel Hernández.
En Elegí un camino nos dice:
Los grupos anarcos se multiplicaban pintorescamente en Madrid mientras la población acudía al frente de batalla. Los anarquistas habían pintado tranvías y autobuses, la mitad roja y la mitad amarilla. Con sus largas melenas y barbas, collares y pulseras de balas, protagonizaban el carnaval agónico de España. Vi a varios de ellos calzando zapatos emblemáticos, la mitad de cuero rojo y la otra de cuero negro [...]. Y no se crea que eran una farándula inofensiva. Cada uno llevaba cuchillos, pistolones descomunales, rifles y carabinas. Por lo general se situaban a las puertas principales de los edificios, en grupos que fumaban y escupían, haciendo ostentación de su armamento. Su principal preocupación era cobrar las rentas a los aterrorizados inquilinos. O bien hacerlos renunciar voluntariamente a sus alhajas, anillos y relojes. [...]
Mientras esas bandas pululaban por la noche ciega de Madrid, los comunistas eran la única fuerza organizada que creaba un ejército para enfrentarlo a los italianos, a los alemanes, a los moros y a los falangistas.
Después de la guerra española, desde su puesto de diplomático en París, ayudará a los exiliados republicanos a refugiarse en Chile enfrentándose incluso al presidente chileno.
Durante su estancia en México conoce entre otros a los excéntricos pintores José Clemente Orozco y Diego Ribera y queda fascinado por la magia y los misterios de este país:
Cuando decidí regresar a mi país comprendía menos a vida mexicana que cuando llegué a México.
[En México] Todo podía pasar, todo pasaba. El único diario de la oposición era subvencionado por el gobierno. Era la democracia más dictatorial que pueda concebirse.
Ya en su madurez visita países como la URSS, China, Armenia, Venezuela o Cuba.
Especial interés, quizás por lo paradójico, tiene el relato titulado Fidel Castro:
Dos semanas después de su victoriosa entrada en La Habana, llegó Fidel Castro a Caracas por una corta visita. Venía a agradecer públicamente al gobierno y al pueblo venezolanos la ayuda que le habían prestado.
[...] Fidel habló cuatro horas seguidas en la plaza de El Silencio, corazón de Caracas. Yo era una de las doscientas mil personas que escucharon de pie y sin chistar aquel largo discurso. Para mi, como para muchos otros, los discursos de Fidel han sido una revelación. Oyéndolo hablar en aquella multitud comprendí que una época nueva había comenzado para América Latina. Me gustó la novedad de su lenguaje. Los mejores dirigentes obreros y políticos suelen machacar fórmulas cuyo contenido puede ser válido, pero son palabras gastadas y debilitadas en la repetición. Fidel no se daba por enterado de tales fórmulas. Su lenguaje era natural y didáctico. Parecía que el mismo iba aprendiendo mientras hablaba y enseñaba.
El libro se cierra con el relato Allende. Escrito tan sólo tres días después del asesinato del presidente chileno y nueve días antes de la muerte del propio poeta:
[...] Jamás en la historia de la sede de las Naciones Unidas, en Nueva York, se escuchó una ovación como la que le brindaron al presidente de Chile los delegados de todo el mundo. Aquí, en Chile, se estaba construyendo, entre inmensas dificultades, una sociedad verdaderamente justa, elevada sobre la base de nuestra soberanía. De nuestro lado estaban la constitución y la ley, la democracia y la esperanza.
Del otro lado no faltaba nada. Tenían arlequines y polichinelas, payasos a granel, terroristas de pistola y cadena, monjes falsos y militares degradados. [...]
Chile tiene muchos presidentes chicos y sólo dos presidentes grandes: Balmaceda y Allende. [...] Como hombres de principios, empeñados en engrandecer un país empequeñecido por la mediocre oligarquía, los dos fueron conducidos a la muerte de la misma manera. Balmaceda fue llevado al suicidio por resistirse a entregar la riqueza salitrera a las compañías extranjeras.
Allende fue asesinado por haber nacionalizado la otra riqueza del subsuelo chileno, el cobre. [...] En ambos casos los militares hicieron la jauría. Las compañías inglesas en la ocasión de Balmaceda, las norteamericanas en la ocasión de Allende, fomentaron y sufragaron estos movimientos militares.
[...] Escribo estas rápidas líneas para mis memorias a sólo tres días de los hechos incalificables que llevaron a la muerte a mi gran compañero el presidente Allende. Su asesinato se mantuvo en silencio; fue enterrado secretamente; sólo a su viuda le fue permitido acompañar aquel inmortal cadáver. La versión de los agresores es que hallaron su cuerpo inerte, con muestras visibles de suicidio. La versión que ha sido publicada en el extranjero es diferente. A renglón seguido del bombardeo aéreo entraron en acción los tanques, muchos tanques, a luchar intrépidamente contra un solo hombre: el presidente de la república de Chile, Salvador Allende, que los esperaba en su gabinete, sin más compañía que su gran corazón, envuelto en humo y llamas.
Tenían que aprovechar una ocasión tan bella. Había que ametrallarlo porque jamás renunciaría a su cargo. Aquel cuerpo fue enterrado secretamente en un sitio cualquiera. Aquel cadáver que marchó a la sepultura acompañado por una sola mujer que llevaba en sí misma todo el dolor del mundo, aquella gloriosa figura muerta iba acribillada y despedazada por las balas de las ametralladoras de los soldados de Chile, que otra vez habían traicionado a Chile.
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